La velocidad de las nuevas ciudades fue motivo de numerosas representaciones, y se encontró en la raíz de nuevos movimientos artísticos como el cubismo y el futurismo. El fundador de este último, Filipo Marinetti, declaraba en su Manifiesto del futurismo que:
Hasta hoy, la literatura exaltó la inamovilidad pensativa, en éxtasis y el sueño. Nosotros queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso ligero, el salto mortal, la bofetada y el puñetazo. La magnificiencia del mundo se ha enriquecido con una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Nosotros cantaremos a las grandes muchedumbres agitadas por el trabajo, por el placer o la revuelta; cantaremos las marchas multicolores y polifónicas de las revoluciones en las capitales modernas; las estaciones glotonas, devoradoras de serpientes humeantes; las fábricas colgadas de las nubes por los retorcidos hilos de sus humos; los puentes semejantes a gimnastas gigantes que saltan los ríos, relampagueantes al sol ton un brillo de cuchillos; las locomotoras de ancho pecho que piafan en los raíles como enormes caballos de acero embridados con tubos, y el vuelo deslizante del aeroplanos, cuya hélice ondea al viento corno una bandera y parece aplaudir como una muchedumbre entusiasta
(Publicado en el diario Le Figaro el 20 de febrero de 1909. Fragmento con algunas supresiones parciales)

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