De manera concisa, Charles Baudelaire habla del flâneur como aquella persona que camina la ciudad moderna con la finalidad de experimentarla. El flâneur aparece como término necesario para hablar de estás gentes que se hacen conscientes de la ciudad que transitan.
La integración en la vida cotidiana de las tecnologías modernas habría de repercutir profundamente en al llegada de las vanguardias de principios del siglo XX. Para muchos, son los futuristas, como movimiento artístico de vanguardia los primeros en tomar consciencia de la parte activa que les correspondía ser en esa sociedad moderna.
Desde las épocas de los filósofos griegos se ha pensado a la vista como el más importante de los sentidos por lo que de inmediato pensamos al flâneur futurista como aquella persona que se hace consciente de su nueva ciudad al observar como se desenvuelven las masas, las actividades, como se modifican los espacios, como se transforma la vida gracias a la máquina, y a raíz de esa observación es que puede teorizar y entonces pintar o esculpir. Inmediatamente pensamos en personajes como Filippo Tommaso Marinett, Giacomo Balla, Umberto Boccioni, Carlo Carrà y Gino Severino, todos interesados en la ciudad, el hombre y la guerra moderna. 
Para efectos de este comentario me pareció más interesante aunar en la figura del pintor Luigi Russolo y su propuesta de lo que llamaré el flâneur auditivo. En su manifiesto El Arte de los Ruidos de 1913, Russolo propone que:
Si cruzamos una grande y moderna capital con nuestros oídos más sensibles que nuestros ojos, nos complaceremos entonces en distinguir la circulación del agua, del aire y del gas en pipas de metal, el murmurar de los motores que respiran y pulsan con animalidad indisputable, la vibración de las válvulas, el insistente trabajo de los pistones, los rechinidos de las sierras mecánicas, el comenzar de los tranvías sobre los rieles, el craquelar de las cuerdas, el ondear de las banderas. Nos divertiremos al orquestar en nuestra imaginación el ruido de las persianas metálicas de una tienda, los distintos silbidos de los trenes de una estación, los trabajos metalúrgicos, las fabricas tejedoras, las imprentas, las plantas eléctricas y los trenes subterráneos.
Cada manifestación de la vida está acompañada por el ruido. El ruido es entonces familiar para nuestros oídos y tiene el poder de recordar súbitamente a la vida. El sonido, dislocado de la vida, siempre musical, algo en si mismo, un elemento ocasional y no necesario, se ha convertido para el oído en lo que para nuestro ojos resulta un lugar familiar y común. El ruido en cambio, llegando a nosotros de manera confusa e irregular de la caótica confusión de la vida, nunca se nos revela enteramente y guarda siempre innumerables sorpresas. Estamos entonces seguros de que al seleccionar, coordinar y controlar todos los ruidos, enriqueceremos a la humanidad con un nuevo e insospechado placer de los sentidos. A pesar de que la característica principal del ruido es la de recordarnos la vida brutalmente, el Arte de los Ruidos no debería limitarse a una reproducción imitativa. Este arte logrará su mayor poder emocional en el disfrute acústico en si mismo, y tan solo la inspiración del artista sabrá como desplegarlo a través de la combinación de los distintos ruidos.
Russolo nos dice entonces, que es a través de tomar consciencia de estos ruidos propios de la ciudad moderna, que se puede hacer arte. Nos plantea que el conquistar la variedad infinita de los sonidos-ruido significa no sólo ampliar enormemente la gama de la sensibilidad musical, sino sobre todo introducir la música en la vida y la vida en la música, o en otras palabras introducir a la ciudad en la música y viceversa. Él rechaza el sonido musical calificándolo de limitado en su variedad cualitativa de timbres, abstracto y artificial y alaba la riqueza de sonidos-ruidos de la vida moderna.
La tensión hacia la identificación entre arte y ciudad moderna que se encuentra en la base de la poética futurista y en muchas de las corrientes de las llamadas vanguardias representa uno de los componentes más significativos de la composición de la música de los ruidos de Russolo cuyo objetivo fue sumergirse en la turbulencia de la ciudad moderna.
Los futuristas so los primeros en escuchar el ruido a través de unos oídos renovados liberados de prejuicios estéticos. En lugar de ser rechazado o ignorado, como hacía sido hasta entonces, el ruido es incorporado al arte como manifestación intrínseca de la vida. Los futuristas amaban el ruido porque se constituía en signo de la modernidad, y lenguaje articulado de lo nuevo.
Para estos sonidos-ruido Russolo inventó el intonarumori (entonarruidos) en 1913. Éstos fueron unos aparatos que producían un amplio espectro de sonidos modulados y rítmicos similares a l
os hechos por las máquinas, aunque sin imitarlos ni reproducirloS. Desafortunadamente ninguno de los entonarruidos originales sobrevivió la II Guerra Mundial
Russolo, a pesar de ser el teórico no fue el único flâneur
auditivo, Fortunato Depero viajó a Nueva York en 1928 y se sintió fascinado por está ciudad. Durante su estancia preparó su libro de poemas visuales New York film vissuto, un libro que, además, debería ir acompañado con la edición de dos discos que recogerían las grabaciones por él realizadas con los sonidos y ruidos de la propia ciudad. Esta publicación fue anunciada en diversas revistas de la época pero nunca llegó a ser editada. Aunque este proy
ecto no fue realizado queda demostrado en él la consciencia estética hacia el mundo del ruido que sentían los artistas en las primeras décadas del siglo.
-Ariza, Javier, Las imágenes del sonido: una lectura plurisensorial en el arte del siglo XX [edición en línea]
-Fubini, Enrico, El siglo XX: entre música y filosofía [edición en línea]
-Russolo, Luigi, El Arte de los Ruidos [edición en línea]
-Página web de Futur-ism
LYNKS
más sobre Luigi Russolo, sus manifiestos y sus inventos
Ruido y Música de Federico Miyara

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